El Clásico Clásico II: 27 de junio de 2004

El Colombiano 28 de junio de 2004. Centro de Información Periodística CIP Archivo El Colombiano

Vuelve a la parrilla de la Monserga esta sección que, como ya se había mostrado, pretende traer al presente partidos épicos que salen a flote con la barra de amigos en interminables noches de cerveza y lumpenaje. Y tal como JuanMa destacó una dolorosa derrota de su equipo amado ante Deportivo Cali, la misión de hoy será hablar del que, tal vez, sea el mayor logro del rival de patio de mi equipo. Hoy hablaremos de la inolvidable -para todas las partes involucradas- final de la Copa Mustang 2004-1.

[Disclaimer: Este artículo más que aferrarse a los hechos y las cifras se centrará en las sensaciones del aquí firmante que vivió esta final con nueve años. Este sitio, ferviente bastión del antinacionalismo (?), sabrá disfrutar este trabajo poco humorístico y más reflexivo]

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El ambiente en la Medellín de esa época era denso, casi se podía cortar con bisturí, pero no tanto como lo describía Fontanarrosa en su legendario cuento sobre el gol de Aldo Poy a Ñuls. Es decir, había mucha tensión, pero no tan belicosa. O tal vez sí: el 21 de marzo de ese 2004 mi papá, hincha del rojo, me llevó a ver a Nacional por primera vez. Ese día, ese clásico donde los policías no daban crédito a ver padre e hijo con camisetas diferentes, Nacional ganó 2-0 con goles del Chumi Álvarez y Hurtado. Con el pitazo final, convencido tanto como ahora de haber escogido el equipo ganador, nos tocó correr y evadir peleas a machete donde los heridos pasaron de la decena según los noticieros.

No había otro tema del que fuera posible discutir: en la calle, en la cancha del barrio, en el salón de clase, en la sala de la casa, el único tópico era los partidos del 24 y 27 de junio. Causaba mucho morbo para propios y extraños una final entre dos rivales clásicos, a tal punto que años después los medios bogotanos vendieron más de una vez la final capitalina que nunca se dio.  Y así, de repente, hasta el más tibio y apático ser opinaba de fútbol con toda soltura y tomaba un bando. En casi todos los casos ese bando era el verde: la señora de la tienda, que hasta la semana pasada no distinguía a René Higuita de Totono Grisales, se la jugaba con toda confianza por el triunfo verde. Era lo lógico y lo esperable.

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Gol de Leonardo Favio Moreno y América pasó del 3-1 al 3-3 parcial…

Vamos a los antecedentes: Nacional pasó tercero por debajo de América y Deportivo Cali, con 33 puntos, jugando bien, como juegan los equipos de Juan José Peláez. Medellín pasó sexto con 26 puntos, a dos del último clasificado y a tres del noveno, jugando feo, como juegan los equipos de Pedro Sarmiento. A tal punto que Junior les empacó un lapidario 5-0, pero en un sprint digno de su apodo cosechó cuatro triunfos (uno de ellos ante Nacional, 2-0) y un empate en el tramo final. Como se cacareaba una y otra vez por la radio, nunca se había jugado una final de torneos cortos entre equipos de la misma ciudad, pero sí había salido uno campeón en la cara de su clásico: en 1954 el cuadro Verdolaga fue campeón anticipadamente ante el rojo. Ni corto ni perezoso, Medellín se desquitó al año siguiente arruinándole el bicampeonato a Nacional. Y en 1994 un todavía puberto Juan Pablo Ángel hizo el gol del título verde.

Que Nacional saliera campeón era lo lógico y lo esperable, lo decía el historial y las cifras. Pero América era el rival a vencer que, en suertes, cayó en su mismo grupo de cuadrangulares. Un escalofriante 4-3 en el Atanasio (la primera vez, y una de las pocas, que recuerdo haber llorado de alegría) y un 0-1 en el Pascual daban la impresión de equipo demoledor, como cualquier equipo de Juan José Peláez. El grupo de Medellín no parecía revestir mucha dificultad: un Deportivo Cali sin jerarquía, un Once Caldas diezmado y un Boyacá Chicó cuya única función en el grupo era demostrar que este torneo tampoco iba a ser. Y el equipo de Sarmiento, jugando feo como juegan los equipos de Pedro Sarmiento, pasó a la final ante Nacional. Era lógico lo que decía la señora de la tienda, aún cuando en su puta vida había pateado un balón.

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Lo que sigue todos lo sabemos: a dos minutos del final Rafa Castillo le había dado el triunfo al rojo en el partido de ida. El empate transitorio de Edixon Perea no salvó un planteamiento bastante pobre, como los planteamientos de Juan José Peláez. El estupor de los hinchas de ambos bandos era el mismo estupor que sentían los jugadores verdes en la cancha, totalmente desbordados por la situación. De poco sirvió que ese domingo todos amaneciéramos con un optimismo desmedido donde la remontada era una situación completamente lógica y esperable: Medellín, jugando feo como juegan los equipos de Pedro Sarmiento, sacó el 0-0 ante un Nacional totalmente descuadernado y levantó su cuarta estrella, la que en medio de una avasallante inferioridad les daría licencia eterna para cargar al rival de la ciudad. La lógica había sido derrotada, la petulancia también.

Fue un golpe totalmente justificado al ego, un baño de humildad, algo que debía pasar, un punto de inflexión: el fútbol, a Dios gracias, no es una ciencia exacta. Los que dimos por cocinada la octava estrella verde tuvimos que dar la cara ante nuestros amigos, familiares y vecinos rojos, asumir que -cualquiera sea la razón: las lesiones, la mala suerte, el árbitro o que simplemente jugamos mal- habíamos perdido y seguir esperando nuestro turno de festejar. Y si quedaban dudas de la lección que había por aprender, tuvimos un repaso en diciembre del mismo año: la final con Junior es una herida militar que nunca cerró, más dolorosa que esta final por muchas cabezas de ventaja. Las caras de tragedia de ese día y los ojos desbordados de lágrimas parecían más de una catástrofe natural que de una final de fútbol.

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Alineaciones del Nacional 0-0 DIM del 27 de junio de 2004

El 27 de junio no pasó nada, salvo la expulsión estúpida de Harold Viáfara o embestidas sin mucho orden contra el arco de David González. Es una fecha simbólica porque el daño ya estaba hecho de antes. Al terminar ese partido recuerdo que no lloré, no me quité la camiseta con furia, no golpeé las paredes ni hice ningún berrinche digno de mis nueve años. Apagué el televisor, abrí la puerta y me senté a mitad de las escalas, sin entender bien qué había pasado. Pronto vi que de todas las casas con banderas verdes, que de la cuadra eran inmensa mayoría, salía gente con cara de absoluto estupor. La única casa con hinchas rojos festejó quince minutos, contados, para luego unirse al silencio helado de toda la cuadra. Los entiendo: ellos también estaban desbordados por la situación.

Sebastián Areiza

20 años. Comunicación Audiovisual y Multimedial UdeA. Hincha de Nacional. Ningún talento comprobado.

6 comentarios sobre “El Clásico Clásico II: 27 de junio de 2004

  • el 24 agosto, 2015 a las 13:50
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    Mucha gente del mío celebra el 27 de Junio. A mí me parece parte del folclor y todo el cuento, pero al final el mero hecho de haberle ganado el título al vecino no alcanza ni la 0.0000000000125 parte de lo que siento al acordarme de una estrella, de un título.

    Es decir: si tengo que cambiar el 27 de Junio por otro título – como el que el CAGÓN DE VLADIMIR DILAPIDÓ HACE MESES -de una firmo.

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    • el 24 agosto, 2015 a las 15:03
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      Prefiero ganarle otra vez al eterno «rival de patio» que ganar 5 copas a otros equipos y menos como ellos lo han hecho :-[

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      • el 24 agosto, 2015 a las 15:10
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        Ah, si a eso vamos, también yo. Pero por ejemplo, y que la arena se pose sobre mí (?), recuerdo con mucha más alegría el 2002 que el 2004.

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        • el 25 agosto, 2015 a las 21:47
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          Pero es que esa del 2002 fue verlo por fin campeón… y eso que cuando entró el Panzer con ganas de tirarse en todo, Mao metió un gol que todavía recuerdo… el ciclo del 2002 fue emocionante, y también entrando por la puerta de atrás… aunque si me quedo con la de 2009. Esa sí fue una estrella de categoría, ese equipo jugaba con todo… Aldo y Jackson como insignias.

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          • el 26 agosto, 2015 a las 11:19
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            Ufff, esa del 2009 emocionó y enorgulleció en partes iguales.

  • el 25 agosto, 2015 a las 10:29
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    Igual que el autor, soy hincha verde de padre rojo, aunque él nunca me llevó a ver a Nacional… Y, a pesar del misticismo que los rivales de patio dan a la fecha en cuestión, no recuerdo que esa final fuese particularmente dolorosa para mí. Tal vez sea la supresión del recuerdo, o el bloqueo, pero no llega a moverme tanto la aguja como el carrusel de emociones de la final ante Junior, o la primera y única vez que lloré por Nacional (a los 9 años) luego de que Aristi fallara el quinto penal en la semifinal de la SuperCopa’93 ante Sao Paulo.

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