Atracos y dramas en Eliminatorias: los duelos entre Países Bajos y Bélgica en 1974, 1978, 1982 y 1986
Un aún desconocido Ruud Gullit persiguiendo al belga Franky van der Elst en 1985 en Bruselas, durante la más recordada eliminatoria entre belgas y neerlandeses
La FIFA no es morbosa: podrá ser corrupta, codiciosa, oligarca y morbosa, pero nunca una organización mafiosa. Con particular sentido de sensacionalismo, los señores de robusta panza de Zürich se dedicaron – inadvertidamente o no – a fogonear por cuatro eliminatorias seguidas la antigua rivalidad existente entre Países Bajos y Bélgica, agrupándolas en la misma zona para pelear un cupo al mundial, o emparejándolas para que se maten entre sí. Esto resultó en unos duelos bastante sabrosones, alguno de ellos polémico, y el último en particular con tintes dramáticos por el modo en que se definió todo. ¿Dónde más te lo contaremos, sino por aquí?
Bélgica y Países Bajos: dos hermanos separados
La región que comprende los actuales estados de Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo no siempre fue un remanso de tranquilidad, paisajes bucólicos y hogar de esa loable empresa de servicios llamada Vandersexxx. Los territorios de estos países pasaron sucesivamente por manos de francos, carolingios, borgoñones (nominalmente bajo autoridad del rey de Francia), españoles y austriacos, antes de constituirse como un estado independiente llamado Provincias Unidas de los Países Bajos en 1581. En 1795 fueron deglutidos por los franceses, hasta volver a independizarse como el Reino Unido de los Países Bajos en 1815. En este último convivían, cual matrimonio las comunidades de habla flamenca – mayoritariamente protestante – y valona – francesa, casi toda católica -; ambas poblaciones se miraban con desconfianza, discutían constantemente y protestaban continuamente alegando que sus derechos eran vulnerados por el otro. Por eso dije: como un matrimonio… Esto acabó cuando en 1830 las provincias del sur – varias de ellas flamencas y otras valonas – se separaron del reino en la llamada “Revolución belga”, y formaron el actual Reino de Bélgica.
Ahora, aunque la separación fue peleada, no es que haya generado odios irreconciliables. Pero sí es parte de lo que ayudó a generar un sentimiento particular de rivalidad cordial entre ambos países, que no deriva en progroms ni guerras fratricidas, pero sí en los acostumbrados chascarrillos entre paéses. Que dizque los neerlandeses aman su tierra y su corona mientras que los belgas solo la defienden cuando es en un partido de fútbol. Que los belgas son bobos y los neerlandeses unos vivos. Que el plato bandera de la gastronomía belga son las papas fritas. Y así, un montón de puyas igual de graciosirijillas que saltan de un lado a otro de la frontera sin consecuencias. Como dicen ellos mismos: “Nos amamos el uno al otro pero nos odiamos a veces…es una relación de amor y odio entre belgas y neerlandeses”. Mejor dicho, se tienen bronca pero en el fondo Van der la mano. Medio campechano todo y muy diferente – por ejemplo – de la áspera tirria que le llevan ambos a los alemanes por la costumbre de estos de copar las canchas de los belgas en la Primera Guerra Mundial, y la de ambos en la Segunda.
Pero donde sí se incrementa bastante la rivalidad belga-neerlandesa es en el fútbol: el partido entre ambas selecciones tradicionalmente ha sido tomado bastante en serio por los aficionados respectivos. Hasta tiene nombre propio: se conoce como “El derby de los Países Bajos” (“Derby der Lage Landen”) y se viene jugando con mucha asiduidad desde 1905. Hasta la fecha de escrito este texto se habían enfrentado 129 veces, con 57 victorias para los de naranja, 41 para los de rojo y 31 empates. Un Dátolo ilustrativo: solamente los encuentros entre Austria vs Hungría (137 veces) y Argentina vs Uruguay (194 partidos) se han jugado en más ocasiones que este. Consecuencia lógica del hecho de ser países vecinos, unidos/separados por una historia común, y aparte tan pequeños y compartir tanto que cuando alguien se tira un pedo en Namur lo sienten a los 2.58 segundos en Maastricht.
Por esto se facilitaron los enfrentamientos futboleros, de tal modo que generalmente se veían las caras hasta dos veces por año, sea en amistosos o con una copa en disputa a un solo juego (como la Coupe Vanden Abeele (llamada popularmente “Het koperen dingetje” o “La pequeña cosa de cobre”… en serio…). A partir de 1968 se hicieron menos frecuentes los partidos entre ambos, en parte por la creciente importancia que adquirió la liga profesional en cada país, y en parte – supongo – porque ya necesitaban darse un espacio. Pero fue desde los 70 que se vivió un renacer de la rivalidad por los duelos que comentaremos acá, y de una empecemos.
Eliminatorias al Mundial de 1974: primer round para Países Bajos (con robo)

Las eliminatorias de 1974 no fueron las primeras en que neerlandeses y belgas se enfrentaron entre sí para clasificar a un mundial: en 1934 compartieron grupo con Irlanda y en 1938 con Luxemburgo, disputando dos cupos en cada ocasión (si, tres equipos peleando por dos lugares…). Ambas veces los protagonistas de este texto se quedaron con los dos primeros lugares del grupo y pasaron al mundial. Nada dramático: dos eliminatorias, ambos clasificados, todos felices.
Así que la primera vez que iba a ser a muerte fija fue en 1974. Porque para ese mundial, la UEFA agrupó a sus selecciones en grupos de a tres o cuatro participantes, de los cuales solamente el ganador de cada uno viajaría a Alemania. Y resultó que en el Grupo 3 continental quedaron sembrados Bélgica y Países Bajos, junto con Noruega e Islandia, las cuatro peleando por un solo cupo. ¡Uhhh!
Ahora ¿quién venía mejor de los dos? Antes que me digan “¡pues Hol… digo, Países Bajos, marica! ¿No estaban Cruyff, Neeskens y todo ese combo?” les retruco que calma, que es jodido afirmarlo así tal cual. Porque a nivel de selecciones, Bélgica estaba un paso adelante por esos días: después de años de intrascendencia había clasificado al Mundial de 1970 en un grupo jodidísimo – se bajó a Yugoslavia y España –, y venía de ser tercera en la Eurocopa de 1972, en la que dejó en el camino a la propia Italia. Países Bajos, en cambio, venía de fracasar en ambos torneos: para el Mundial de 1970 quedó detrás de Bulgaria y Polonia en su grupo eliminatorio y en la Euro ´72 fue eliminada en primera fase. En ambas ocasiones los neerlandeses arrugaron en partidos definitivos, y dejaron la sensación de que siempre les quedaba faltando ESE toque final, el que distingue a los equipos grandes de la categoría “equipo complicado”.

Pero a nivel de clubes el asunto era muy diferente: mientras los equipos belgas solo se hacían conocer por sus nombres pintorescos, los neerlandeses estaban literalmente dominando el fútbol europeo en la primera mitad de los setenta. Sobre todo por el poderoso Ajax, finalista de la Copa de Campeones (bueno, la Champions) en 1969 y campeón en 1971, 1972 y 1973, pero también con el Feyenoord, campeón en 1970. De ambos clubes, y del PSV Eindhoven, venía el grueso del combinado neerlandés: Cruyff, Van Hanegem, Neeskens, Krol, Rep, René y Willy Van der Kerkrof, o el gran portero Jan Van Beveren. Pero algo pasaba, porque las megastrellas locales no engranaban en el seleccionado nacional, a diferencia de los menos famosos jugadores del otro lado de la frontera.
Luego de un hiato de varios años sin juegos entre sí, belgas y neerlandeses se enfrentaron por eliminatorias el 19 de noviembre de 1972, ante 54,000 espectadores expectantes en Amberes. Los locales venían con puntaje perfecto en sus tres partidos jugados (los dos contra Islandia y uno contra Noruega en Oslo) mientras los neerlandeses recién habían debutado en la fecha anterior clavándole un 9-0 a Noruega en Rotterdam.
Esa tarde Bélgica formó con Christian Piot, Nicolas Dewalque, Georges Heylens, Maurice Martens, Jean Thissen, Leon Semmeling, Wilfried Van Moer, Erwin Vandendaele, Johann Devrindt, Jean Dockx, Paul van Himst. Sincerémonos y admitamos que, salvo Van Himst (goleador histórico del Anderlecht y uno de los ¿actores? de “Escape a la victoria“) y Van Moer (el viejito de escaso cabello que después vimos jugar en España 82), a nadie de estos los conoce ni Fabio Leon Oranje. Los visitantes jugaron con una nómina en la que se encontraban varias de las figuras que llevaban años mandando a nivel de clubes en Europa: Jan van Beveren, Barry Hulshoff, Ruud Krol, Wim Suurbier, Johan Cruyff, Theo de Jong, Johan Neeskens, Wim Van Hanegem, Piet Keizer, Willy Brokamp, Aad Mansveld.
Pero a pesar del exceso de talento presente en la cancha, la victoria se fugó rebelde por los amplios campos de Flandes: fue un 0-0 nervioso e intenso por el nivel parejo de ambos, en el que los belgas intentaron la iniciativa y hasta pegaron un tiro en el palo, pero no pudieron vencer al gran portero Jan Van Beveren. Los de naranja aguantaron con respeto, y de vez en vez le hacían apretar el Asterixco al respetable con las corridas del flaco con la número 14. Empate y aún nada definido.
Las fechas siguientes Países Bajos emparejó su calendario con goleadas a Islandia en casa y afuera, y una algo sufrida victoria en Oslo, mientras los Diablos Rojos vencieron 2-0 a Noruega en la penúltima jornada. Fue así que ambos equipos llegaron igualados con 9 puntos al tope de la tabla (recuerden que eran 2 puntos por victoria en esos días, pajizos) al que el truculento azar quiso que fuera el último partido del grupo: la vuelta entre ambos el 18 de noviembre de 1973 en Ámsterdam. La ventaja la tenían los neerlandeses por gol diferencia sobre los belgas (+22 unos y +12 otros), así que el empate le bastaba a la Oranje para retornar a un mundial de fútbol por primera vez en 36 años; para los belgas era ganar o irse a que los meara el Manneken Pis.
El juego de los belgas, dirigidos por el histórico entrenador Raymond “El Brujo” Goethals (campeón europeo casi 20 años después con el Olympique Marseille) se basaba fuertemente en su sistema defensivo: por eso mismo, aunque llevaban relativamente pocos goles, aún no habían recibido ninguno. Y esa tarde jugaron a una ampliación de lo mismo: encerrarse, rezar para aguantar el predecible vendaval de los neerlandeses, y confiar en que estos cometieran alguna cagada en la que sus calidosos de arriba Van Himst o Lambert, pudiesen facturar. El partido entonces fue un constante ir y venir de los de naranja al arco defendido por Piot, lanzando bombazos desde todos lados pero fallando en el tema crucial ese de meterla – incluso Rep se comió una increíble, solito en frente del arco -, con los belgas limitándose a esperar su ocasión.
El asunto pintaba para el empate sin goles que clasificaba a Países Bajos, hasta que en el minuto 89 hay una falta de costado a favor de los belgas: Van Himst manda un centro majestuosamente envenenado con pierna cambiada al área neerlandesa, al portero Schrijvers (reemplazante del lesionado Van Beveren) se le pasó la vida entera en un segundo, preguntándose si salía o se quedaba, y de costado entra Jan Verheyen a empalmar el balón y clavarlo en el arco neerlandés, consiguiendo el inesperado 1-0 y una heroica clasificación para Bélgi… ah, no, momento: el árbitro anuló el gol por presunto fuera de lugar de Verheyen. ¡Uoffffff!
¿Sí fue? Pilla la foto del momento exacto en el que parte el pase:

Conclusión: atraco. Los jugadores belgas se mandaron a protestar, pero el juez no cambió su decisión, y le evitó una increíble churreteada en casa a la primera generación dorada del fútbol neerlandés. El partido terminó sin goles, y con la celebración de los locales más aliviados que eufóricos. Ya todos sabemos lo que pasó después: Países Bajos fue la zenzazión del Mundial de 1974 con cabaret incluido (la historia la contamos en el Tomo II de esta despampanante colección). Bélgica no solo quedó eliminada, sino totalmente ardida por el atraco, y por quedarse en la casa después de terminar invictos (4 PG y 2 PE) y sin recibir goles en contra (!).
Eliminatorias a los Mundiales de 1978 y 1982: segundo round para Países Bajos (con baile), el tercero para Bélgica (relajada)

El gran robo de Ámsterdam le añadió salsa a la rivalidad de ambos equipos. Para más cizaña, enseguidita se volvieron a enfrentar por cuartos de final de la Eurocopa 1976, fase a la que accedieron ambos equipos al ganar sus respectivos grupos: Pero esta vez no hubo lugar a la polémica: los neerlandeses – ya embalados en su ritmo – masacraron a los belgas con un 5-0 en Rotterdam y un 2-1 en Bruselas, y pasaron a semifinales (en donde caerían de manera imprevista contra la eventual campeona Checoslovaquia). Y sin tiempo para respirar, de nuevo la suerte los emparejó en el mismo grupo de eliminatorias al mundial de 1978 – junto con Islandia e Irlanda del Norte – y de nuevo por un solo lugar. Para cuando se encontraron en el primer partido – el 26 de marzo de 1977 en Amberes – los de rojo venían con el viento a favor tras dos triunfos en sendos partidos. Mientras, los de naranja llegaron llenos de dudas por una sufrida victoria en Islandia y un no planeado empate de local ante Irlanda del Norte, y por ende considerando el escenario de quedar tempranamente con un pie fuera del mundial en caso de una derrota ante sus rivales de toda la vida. Era la oportunidad perfecta para que los belgas tomaran revancha y compraran medio tiquete a Argentina…
¿Pero los neerlandeses iban a dejar que eso pasara? ¡Nanninga! Con muchísima categoría se tomaron por asalto Amberes con un inapelable 2-0 (goles de Rep y Cruyff), y se colocaron un punto por encima de Bélgica. Total que para la devolución de la visita en Ámsterdam – en la penúltima fecha del grupo, el 26 de octubre de 1977 -, los neerlandeses llegaban con tres puntos por encima de los belgas pero con un partido menos; los visitantes estaban obligados a ganar sí o sí este partido, y en el último del grupo en Belfast para poder pasar al Mundial. El aún desconocido técnico Guy Thijs metió siete (!) cambios respecto al partido de siete meses atrás (entre ellos unos imberbes e inexpertos Jean-Marie Pfaff, Eric Gerets, Walter Meeuws y Michel Renquin, ninguno de ellos con más de cinco partidos internacionales encima por esos días) pero igual perdió 0-1 y quedó fuera de todo faltando una fecha. Países Bajos fue al mundial de 1978 y, bueno, ya saben hasta donde llegó.
Pero en las eliminatorias al Mundial de 1982 esta vez el que ganó de mano fue, al fin, Bélgica. Oooootra vez el puto azar (¿azar a estas alturas?) arrejuntó a los vecinos en el mismo grupo, pero en esta ocasión con dos rivales durísimos como Francia e Irlanda, más la pobre Chipre, con dos cupos en disputa para el Mundial. La lucha fue apretadísima por el nivel de los participantes (en la clasificación final solo hubo dos puntos de diferencia entre el primero y el cuarto), pero el que agarró impulso rapidito fue Bélgica al ganar 7 de 8 puntos posibles en sus primeros partidos. Dos de esos puntos fueron antes sus rivales de siempre, por el segundo partido de ambos el 19 de noviembre de 1980 en Bruselas (1-0 con gol de penalty de Erwin Vanderbergh). Total que para la vuelta casi un año después, ante los belgas ya clasificados; los neerlandeses – en plena renovación generacional – tenían que ganar sí o sí para irse a jugar la vida en Parc des Princes en su última fecha. Ganaron el clásico 3-0 pero igual no les sirvió un carajo, porque Francia les ganó el siguiente partido y los dejó fuera de la fiesta mundialista, en la que sus vecinos fueron una de las revelaciones.
Eliminatorias al Mundial de 1986: cuarto y último round para Bélgica (con épica y drama)

No creo exagerar una mierda si digo que el último enfrentamiento en esta seguidilla entre ambos fue, no solo el más emocionante de estos, sino uno de los más intensos y dramáticos de las eliminatorias en toda la historia. La UEFA agrupó para las Eliminatorias mundialistas de 1986 a sus seleccionados en cuatro grupos de cinco equipos (pasaban directo al mundial los dos primeros) y tres de a cuatro (clasificaba el primero). Los segundos de cada uno de los tres cuadrangulares tenían destinos distintos: uno viajaría hasta Oceanía para pelear el paso a México con el ganador de esas recónditos confines (finalmente fue Escocia – virreina en el grupo de España – la que viajó y le ganó el puesto a Australia). Los otros dos se enfrentarían entre sí por el cupo restante. Y mira qué cosas: los dos rivales por el playoff resultaron siendo Países Bajos y Bélgica. Me imagino que a esas alturas, al conocer el rival en el playoff, los aficionados reunidos en los bares de Lieja, Brujas, Gante, Volendam, Den Haag o Alkmaar se reunieron a mascullar sombríamente su suerte, matando la eterna espera tirando pronósticos alocados a la sombra de una jarra de birra, mientras escupían con ardor apagado deseos para que al vecino que se le rompan los diques o que a los alemanes se les ocurriera revivir el Plan Schliefflen. Otra vez uno de los dos debía matar al otro para ir al Mundial.
Esta vez los que venían con la moral más en alto eran los de naranja, aunque más por ánimo que por juego. Después de un inicio a los tumbos en su grupo de eliminatorias – derrotas de local ante Hungría y en Viena – se recuperaron con dos victorias en sus partidos ante Chipre, pifiaron en Rotterdam otra vez al empatar con Austria, pero ganaron el cupo al playoff con una victoria de tintes algo milagrosos ante la ya clasificada Hungría en la última fecha. Países Bajos tuvo tres entrenadores en esas eliminatorias: comenzó Kees Rijvers, fue reemplazado por el gran Rinus Michels después de la derrota en el debut – a don Rinus le rogaron literalmente que tomara el cargo – pero su corazón ya no estaba para tanto voltaje emocional; no duró dos partidos y tuvo que retirarse temporalmente por motivos de salud, para ser reemplazado por un en esos días desconocido Leo Beenhaaker. Fue un camino muy accidentado, pero el envión final les dio aire a los neerlandeses y confianza para el duelo que se les venía.
Bélgica, en cambio, pareció mostrar poca inspiración y tibia pegada en los partidos de su grupo, y al final no pudo ganarle el cupo directo a Polonia al empatar sin goles en su visita a Chorzow en la última fecha. A los belgas los había afectado un feo escándalo que terminó con la suspensión del crack Eric Gerets, que recién pudo volver a jugar con la selección en ese partido contra los polacos.

Así que la expectativa era altísima en la ida del playoff que se jugó el 16 de octubre de 1985 en un abarrotado estadio Constant Vanden Stock de Bruselas. Las alineaciones del partido de ida de ese playoff te las tengo:
Bélgica: Jean-Marie Pfaff, Eric Gerets, Georges Grun (Alexandre Czerniatynski 69 min), Michel Renquin, Nico Claesen, Franky van der Elst, Leo van der Elst, Rene Vandereycken, Frankie Vercauteren, Jan Ceulemans, Erwin Vandenbergh.
Países Bajos: Hans van Breukelen, Ronald Spelbos, Frank Rijkaard, Michel van de Korput, Adri van Tiggelen, Bennie Wijnstekers, Rob de Wit (Simon Tahamata 88 min), Ruud Gullit (Epo Ophof 85 min), Wim Kieft, Marco van Basten, Willy van der Kerkhof.
Los nombres muestran las realidades de ambos en ese momento: Bélgica estaba con su generación dorada ya consolidada, Países Bajos tenía la suya en formación, con aún desconocidos que serían la base de la campeona europea tres años después, más el aporte adicional de la experiencia de una reliquia del pasado como Willy van der Kerkrof.
El partido en Bruselas inició ya cargado debido a la trascendencia de la serie; ahora, si a los 4 minutos ya hay una tarjeta roja injusta después de una simulación, imagínate cómo se puso el asunto. El juez italiano compró una actuación hollywoodinesca del crack belga Frankie Vercauteren, y expulsó al longilíneo delantero neerlandés Wim Kieft. Con uno menos, a los de naranja solo les quedó replegarse y aguantar como podían las embestidas nerviosas de los locales, que metieron su gol a los 20 minutos – el mismo Vercauteren – pero que no pudieron ampliar la diferencia a pesar de contar con el viento a favor. 1-0 quedó el marcador final, y con todo totalmente abierto para la vuelta; a los belgas les quedó el sabor a insuficiente, pero al menos contaban con la ventaja de no haber recibido gol en contra. Sí, porque hay que mencionar un dato importante y crucial: para este playoff aplicaba la regla del gol visitante.
La vuelta se jugó más de un mes después en Rotterdam, exactamente el 20 de noviembre, con un frío de mierda que obligó a los jugadores a usar guantes y ropa térmica debajo de sus uniformes. Como era de esperarse, el ambiente general era de una más que palpable tensión por todo lo que estaba en juego en este partido; por ejemplo, Frankie Vercauteren tuvo que andar protegido con escoltas en su estadía en el país, ya que los aficionados naranjas querían intercambiar, digamos, algunos puntos de vista con él al respecto de la jugada que derivó en la expulsión de Kieft en la ida. Esa misma tensión se notó desde la salida al campo de los equipos esa noche, en medio de un mar de cantos de ambas hinchadas (había un sector con aficionados belgas detrás de uno de los arcos) y, sobre todo, al momento de los actos protocolares: el himno visitante fue furiosamente silbado y el de casa cantado con inusitado fervor patriótico por el respetable.
El técnico Beenhakker salió con tres cambios respecto de la ida: Simon Tahamata, Peter Houtman y Michel Valke por van der Kerkrof y los sancionados Kieft y Van Basten, este último por acumulación de amarillas. El histórico Guy Thijs, en su tercera eliminatoria consecutiva con su selección, metió a Leo Clijsters, Henri Broos, Filip Desmet y Michel De Wolf por Georges Grun, Michel Renquin, Nico Claesen y Erwin Vandenbergh. Los cambios reflejaban la diferencia de prioridades de ambas partes: Beenhakker alineó a los suyos en un 4-4-2 con Houtman y de Wit en punta, siendo alimentados por Guullit y Tahamata por los extremos y Rijkaard creando juego con Valke en la media cancha. Los belgas, en cambio, se cerraron en un apretado 4-5-1 con un única punta – Filip Desmet – solo allá arriba a ver qué onda, vigilado desde atrás por una línea de cinco volantes en la que Ceulemans estaba un poco más adelantado haciendo de mediapunta.

El primer tiempo estuvo marcado por la impotencia de los locales, que engarrotados por los nervios se dedicaron a circular el balón – principalmente a través de Rijkaard – hasta la media cancha; pero este les rebotaba de vuelta cuando intentaban llegar más lejos. Los belgas se vieron mucho más tranquilos, cerraditos y pegados el uno al otro reventando el balón, cortando cualquier intento por las bandas o el centro, cubriéndose de manera precisa y tomándose con paciencia burocrática cada cobro a favor o una falta en contra. El balón moría repetidamente en las manos de Pfaff, pero más producto de devoluciones de compañeros que de intentos de los de naranja.
Y tan bien lo hacían los Diablos Rojos que les sobraba tiempo para meterle miedo al público local a punta de contragolpes: el punta Desmet se las guerreaba con mucho criterio para aguantar/ recibir/ tocar de una para la llegada de algún compañero, aprovechando él y Ceulemans que los centrales Van de Korput y Spelbos se la pasaron todo el primer tiempo mirándose a ver quién rechazaba los pelotazos que les caían del rival. Si esa noche en particular, el prócer Jan Ceulemans no hubiese estado tan impreciso (se perdió al menos tres goles), la cosa se hubiese definido mucho antes. El primer tiempo terminó en cero, pero con la sensación que Bélgica tenía el partido cocinado.
Con el panorama así de peludo Beenhakker decidió jugarse la vida con un cambio en el entretiempo: sale el central Van de Korput, e ingresa el delantero del Utrecht John van Loen. Cambio táctico también: Gullit baja a cubrir el puesto del central que salió, y el juego naranja se enfoca ya no en circular el balón, sino en aprovechar los 1.94 m de altura de Van Loen para encaminar mejor la lluvia de ollazos. La estrategia podía tener su lógica, pero hablando así suelto de cuerpo con treinta y pico de años de distancia, lo de Beenhakker fue una locura: tiró a la cancha a un muchacho de 20 años a debutar con la selección en este partido candente, con todo en contra y con la misión de evitar la eliminación del mundial. O sea: si le salía, era todo mérito del técnico, pero si no…
Al que sí se le notó la sabiduría fue a su colega del frente. Guy Thijs se dio cuenta del cambio de los neerlandeses al salir los equipos al segundo tiempo, adivinó cómo venía el asunto e hizo su jugada: sin temblarle el pulso, con menos de dos minutos de reiniciado el cotejo, sacó al volante Leo Van der Elst, y metió al central del Anderlecht Georges Grün (titular en la ida), directamente dedicado a marcar a Van Loen. Estos cambios resultaron siendo la clave del partido.

Desde el mismo inicio del segundo tiempo, los neerlandeses adelantaron sus líneas y comenzaron a tirarle centros al largo delantero recién ingresado, que pivoteó bien el primer balón que le llegó. Pero desde ahí, la mayoría de los ollazos solo sirvieron para que Grün se luciera rechazando casi todo: por arriba y por abajo le ganó -salvo algunos aislados – siempre a Van Loen. No sé si de verdad el delantero neerlandés no tenía categoría internacional, o simplemente estaba completamente desbordado por la situación: lo cierto es que casi no le ganó balón alguno a su marcador belga, que se cansó de anticiparle con creciente suficiencia y cancha en casi todas las divididas.
El tiempo seguía corriendo, los neerlandeses intentaban – ahora con Valke como lanzador de morteros – peloteando al medio, pero los belgas se defendían bien. El público ya respiraba hielo y miedo y los cantos iban bajando de intensidad. Así iba el partido, hasta que al fin les salió una a los locales: a los 15 minutos, Valke abre a la izquierda para Rob de Wit: Gerets falla en el cruce y el neerlandés tuvo tiempo para medir el centro, que empalmó a gol en la esquina del área chica Peter Houtman para poner el 1-0 que empataba todo faltando media hora. Delirio en el De Kuip y una vida por jugarse, pero la gente no tuvo tiempo de degustar la alegría porque enseguida Winjsketers le sacó el empate de la raya a Desmet, previa cagada de Van Breukelen. Tremendo partido, a nivel de infarto.
El 1-0 parcial no pareció afectar a los belgas, que siguieron con su libreto y se perdieron el gol que les hubiese asegurado la clasificación. Pero a los 27 minutos vino el 2-0 de los neerlandeses (gol de Rob de Wit) que ahí sí les ponía el partido patas arriba. Ante la inminente eliminación, los belgas adelantaron sus líneas y Thijs soltó a Eric Gerets para que atacara por su banda. Los belgas atacaban continuamente y con criterio pero sin concretar, porque en el arco neerlandés crecía la figura gigantesca de un Hans Van Breukelen que salvó varios goles. Los neerlandeses defendían con más desespero que orden la ventaja, y los visitantes seguían comiéndose goles; el descuento que les daría la clasificación por gol de visitante estaba ahí, pero no caía. A medida que se acercaba el final, el público local comenzó a soltarse y a cantar alegremente que iban a viajar a México… ¡Ja!
Hasta que en el minuto 40 ocurre una de las jugadas que más recordarán por siempre los aficionados de ambos países: los neerlandeses rechazan a la desesperada uno de los muchos ataques rivales. El belga Vandereycken agarra el balón, lo manda a Gerets que iba por la derecha, este se acerca al borde del área y manda el centro que, llegando de atrás, con furia y precisión, es cabeceado a gol nada menos que por Georges Grün… el cual anticipó facilito en el cabezazo a John Van Loen (!). 2-1 y estupor mudo en un estadio en el que solo se escuchaba la euforia del público belga, casualmente ubicado detrás del arco donde se convirtió el histórico tanto.

Y el marcador no se movió en los cinco minutos finales, en los que los neerlandeses lucieron aún más desesperados e imprecisos. El partido terminó, y los visitantes celebraron desbordados de alegría la clasificación conseguida con tanto parto, y con el aliciente de haberlo logrado bajándose ante el rival de toda la vida.
Ahora, no quisiera estar en los zuecos de Beenhakker, cuyo planteo y decisiones se le fueron todas en contra en este partido. Destaquemos la incinerada que le pegó al pobre Van Loen, que solo volvió a la selección mayor tres años después (en total jugó siete partidos y solo mojó una vez, en un amistoso contra Israel). La contraparte fue para el viejo zorro de Guy Thijs, cuya mano se notó sabiamente en la serie, pero sobre todo para Georges Grün, cuya actuación y gol lo convirtió en héroe nacional. El defensor tuvo después una decente carrera internacional (fue uno de los pilares del Parma noventoso) y jugó tres mundiales con su selección.
*************************************************************
La seguidilla de encuentros entre Bélgica y Países Bajos paró para 1990; desde este partido de 1985 se volvieron a encontrar una vez en eliminatorias (para 1998, clasificaron los dos) y dos veces en la fase de grupos de los mundiales de 1994 y 1998. Y esto es todo: solo rogamos que por algún motivo, se vuelvan a ver las caras en un mata-mata o en alguna semifinal de mundiales, porque el morbo nos puede…
Buenísima. Dan ganas de ver un partido ochentoso antes del mundial y ese del 85′ se antoja.