La Selección Colombia en las Eliminatorias de 1994 (Vol III y final): el 5-0
Lo hemos hablado acá mil veces: ¡qué hermosas eran la Eliminatorias cuando se jugaba toda en un solo viaje, semana a semana! Si te estaba yendo bien, la sensación de expectativa continua te llenaba de un calentaíto sabroso en el pecho, y te elevaba los niveles de euforia y adrenalina a 110. Si te iba mal, era una decepción corta y directa, en vez de un inacabable «¿otra vez vamos a jugar? hp» que surgía en forma de lamento cada mes o cada seis, por dos años y medio. Las del 93 fueron las últimas de la Conmebol en ese sistema, y si querías expectativa, euforia y preocupación, acá hubo hasta para regalarle a otras Eliminatorias. Porque tras cinco semanas en las que fueron creciendo la confianza en unos y las dudas en otros, cayó el 5 de septiembre de 1993 con la última fecha de las Eliminatorias del Grupo A de la Conmebol para el Mundial de 1994, y el panorama se veía pletórico de emoción y de morbo para los neutrales.
(Ver Parte 1 y Parte 2 del recuento de las Eliminatorias de 1994)
La situación era clarita a falta de esa última fecha: a Colombia un empate en el Monumental le bastaba para pasar directo al Mundial, y en el peor de los casos – o sea, derrota – se iba al repechaje, del cual no nos sacaba nadie así sea que perdiéramos 28-0. Argentina, por su parte, tenía si o sí que ganarnos a nosotros por cualquier marcador para clasificar directo al Mundial, y con el empate se aseguraban al menos el repechaje, sin importar lo que hiciera Paraguay ante la eliminada Perú en Lima. Ahora, si Argentina perdía, ahí tenía que rogar que los paraguayos no goleasen a los peruanos, porque en ese caso igualarían en puntos albicelestes y albirrojos, por lo que entraba a contar la Diferencia de Gol de cada quién, que comenzaría la sexta fecha con +3 para argentinos y -1 para paraguayos. Es decir, el escenario más catastrófico que vislumbraban los argentinos antes del partido, era que perdiesen por uno o dos goles contra nosotros y los paraguayos le zamparan un 4-0 o 5-0 a los tristes peruanos allá: así los albirrojos se metían al repechaje y los albicelestes chau felicidades loco máquina boludo. En realidad, todo el mundo vislumbraba eso mismo como la peor situación que se pudiese dar: era lo lógico, dado el nivel irregular y mediocre mostrado por argentinos en los cinco partidos previos, el momento dulce de nosotros, la pobreza peruana – cero puntos y -8 de GD en cinco partidos – y la peligrosidad impredecible de los paraguayos, que en una mala tarde se engarrotaban pero en una buena le hacían partido hasta a la Brasil del 70. El escenario más realista que se auguraba, apuntaba a un empate nuestro allá, que hiciese inservible la previsible goleada paraguaya en Lima.
Tal vez conscientes del pobre nivel mostrado hasta el momento, a algunos jugadores argentinos les dio por boquear y tirarnos a volquetadas la historia en la cabeza en la semana previa al partido decisivo. Como para llenarse de confianza a punta de arengas automotivacionales, o para aplastarnos la moral, o para hacer del bullyneador, o todas las anteriores. Comenzando por el capitán de los argentinos, Oscar Ruggeri, que destacó particularmente hablando física mondá como si fuese un, eh, estereotipo de argentino fantoche sobrador: «Colombia no le ha ganado a nadie» (…) Yo he jugado dos finales del mundo y no he visto a Colombia al frente. También he ganado dos copas de América y Colombia no ha estado ahí. «. Bueno, nada que no sean FACTOS, pero sí medio atravesado e innecesario en ese momento. Porque, pana, siendo la ultrapoderosa Argentina, ¿qué necesidad tienes de tirarle mierda públicamente a un equipo chiquito como el nuestro? Ruggeri complementó con «(…) Yo no entiendo al periodismo. Le han dado demasiada importancia a un buen conjunto, pero que no es un equipazo». Multicampeón y todo lo que quieras, pero qué hp para dar papayazos.

Otro que tiró su comentario sobrador fue Diego Maradona, que apeló a la sensatez general con la frase «Ellos no pueden romper la historia, ellos no deben romper la historia, nosotros los argentinos debemos seguir históricamente como estamos: Argentina arriba y Colombia abajo”. Insisto en lo de innecesario. Al final todo fue una pelada de cobre que disimulaba – mal – el miedo terrible que tenían de irse a un repechaje.
Siguiendo esta misma línea, varios medios de prensa argentinos no solo le hicieron bulla a esta fogoneada innecesaria, sino que se dedicaron a tirar veneno también. Tanto que, después del partido, la propia prestigiosa revista El Gráfico criticó «La irracionalidad de aquellos que quisieron convertir un partido de fútbol (importante, decisivo) en una guerra. Lamentablemente, entre ellos hubo algunos comunicadores sociales«. Todas las perlas que venían del Rio de la Plata eran convenientemente retransmitidas, difundidas y machacadas por la prensa en Colombia, la que les añadió un toque de indignación que era más genuino que ganas de tirar carbón. Y esto derivó en que la hinchada acá, que antes oscilaba entre cierta tirria y la admiración por el fútbol argentino, se fue toda para el lado hater: con cada noticia y cada declaración y cada nota a los aficionados de la calle allá, se nos incrementaron de manera logarítmica las ganas de hacer mierda a los argentinos y de paso quemarles el Monumental, la tumba de Evita y derribar el Obelisco. Tanto fue el efecto, que ya para el partido la mayoría de la gente no se contentaba con un empate sino que sentía un deseo de humillar (esa era la palabra más repetida antes y después del 5 de septiembre) a Argentina en su propia casa. Ahora, yo quisiera creer que a los jugadores nuestros, tanta habladera de mierda generó lo contrario a lo que pensaban los argentinos, y en vez de intimidarse salieron fue a matar a los locales en la cancha, para callarles la boca por agrandados y demostrarles que ESTO ES COLOMBIA HP. Pero no tengo ni puta idea si fue así, y viendo el perfil general de esa generación – con una personalidad que nadaba en un límite difuso entre la bacanería y el mevalevergatodo -, probablemente no influyó en un carajo. Pero bueno, habría que preguntarle a alguno de ellos…

El Primer Tiempo
Esa tarde el Monumental era, como en ocasiones similares, un infierno de gritos y alientos e insultos, en olas crecientes que se superponían una sobre otra encima de los 22 en la cancha. Por el lado de los locales, otra vez hubo modificaciones en la nómina inicialista – entre cambios y decisiones técnicas, Basile nunca repitió equipo en estas Eliminatorias – respecto a la de la fecha anterior contra Paraguay: volvió el volante Leo Rodríguez a la titular después de haber sido reemplazado por Néstor Gorosito, y apareció Julio César Saldaña como lateral derecho, en vez del habitual titular Fabián Basualdo. El gris nivel de Leo Rodríguez fue lo que motivó a Basile a poner a Gorosito en la fecha pasada, a ver si pasaba algo; pero como que no lo convenció mucho, y fue así como volvió Leo como titular. Imagínate la impotencia y desespero que debe sentir un DT cuando le toca volver a poner el que no funcionaba porque no hay nada más. El otro cambio fue algo un poco «a ver qué resulta» pero tenía un fundamento: el ingreso de un hábil, punzante y dinámico Julio Saldaña en la banda en vez del correcto pero simplón Fabián Basualdo, era una declaración de intenciones.
Por el lado nuestro, esa lógica de los DT de antes que «equipo que gana no se toca» no funcionaba con Pacho Maturana. Al menos con Iván René Valenciano, que venía rindiendo y de titular desde hacía tres fechas, y que junto con el Tren Valencia eran los únicos que habían convencido en la delantera en todas esas Eliminatorias. Ambos habían mostrado una contundencia y funcionamiento mucho más parejos que otros que habían tenido minutos como titulares o suplentes en los primeros partidos: John Jairo Tréllez, Víctor Aristizábal y el Tino Asprilla. Sí, nos olvidamos que el Tino los primeros partidos de esas Eliminatorias los jugó muy mal… pero de eso hablaremos más adelante. El caso es que Pacho contaba para ese partido decisivo en Buenos Aires con el Tren Valencia, recién llegado de Munich (literalmente llegó dos días antes del partido, y acompañado de un directivo de su club) con permiso del Bayern para jugar este encuentro. Y, seguramente pensando que con una delantera rápida podía matar a contragolpes a la más que esperable avalancha de los argentinos, decidió que la delantera titular debía ser Tren + Asprilla. Gracias al alma transgaláxica de Nabucodonosor que contábamos con el Tren para esa tarde, porque si no seguro Pacho mandaba al intrascendente e inofensivo de Tréllez, y nos perdíamos de la épica… El otro cambio era el retorno del Chonto Herrera, habitual titular, por Wilmer Cabrera que había jugado por él ante Perú.

Comenzó el partido y, como estaba cantado, fue el previsible vendaval argentino. Impulsados por Simeone, Leo Rodríguez, el público y la necesidad, los locales se nos fueron encima con todo, atacando bastante por la derecha con un muy activo Saldaña – como para justificar su ingreso esa tarde -, y con Batistuta en todos lados presionando, mordiendo, buscándola y obligando a la defensa a estar mosca; qué tipo tan peligroso era. Pero, ojo, que una cosa es afirmar que Argentina salió a ganar el partido con toda la furia, lo cual es cierto, y otra que hayamos pasado sustos. Porque la verdad es que los argentinos atacaron mucho en ese PT pero muy mal. Entre las ganas y la urgencia los locales se mandaron arriba, todos atolondrados como pelotón de rusos, y más jarriando el balón que transportándolo. Así fue como se la pasaron regalando mucho, e innecesariamente, la pelota a los nuestros por su vicio de mandar pelotazos como si con eso fueran a derribar nuestra defensa como un muro de ladrillos mal armado. Lo que hicieron fue facilitarle la vida a los dos centrales, porque tanto Luis Carlos «La pelota es como una mujer» Perea como Alexis Mendoza cumplieron sobrados, seguros y firmes.
Los argentinos trataron de explotar el lado de Wilson Pérez, al que suponían más vulnerable en la marca que el Chonto – mira tú eso -, pero, salvo un pequeño «ay marica» por una salida en falso de Córdoba antes de los 02:00, no hubo oportunidades de gol. Eso sí, esto te lo digo 31 años después con la sabrosura que da verse el partido sin el componente de la incertidumbre, ni el temor de cagarse por ser colombianos; te aseguro que en esos mismos momentos en vivo y en directo, todo el puto pueblo colombiano estaba con la jeta pegada a la pantalla del televisor, sin poder casi que ni respirar de la angustia y con el pecho lleno de colbón y cemento. Pero vuelvo y digo, lo cierto es que uno se asombra de lo mal que atacó Argentina esos primeros minutos.
Tanto así que a partir de los 10 minutos comenzamos a tomar el control del partido, a medida (o relacionado con) que el ataque argentino se fue diluyendo. Si hay algo que decir de esa increíble tarde bonaerense es la serenidad que exhibimos en todo el cotejo, y lo cerebrales que fuimos para tomar decisiones. Por ejemplo: sin importar la intensidad de la presión argentina, las patas de ellos apuntando a las canillas, y el ambiente infernal, casi siempre salíamos tocando desde abajo, y bien. Cuando teníamos el balón, este pasaba fluido generalmente al grandísimo Pibe Valderrama, que era el encargado de recibir, aguantar el balón y circularlo para unos muy activos Tren Valencia y Freddy Rincón, y un impreciso Tino Asprilla. La primera oportunidad de gol del partido, de hecho, fue nuestra: a los 20 recibió el Tren desde la izquierda, remata y tapa bien Goicochea mandándola al corner. Pero a los 22 Argentina tuvo la suya propia, cuando perdimos la pelota muy maricamente en tres cuartos de cancha, y el pase de Leo Rodríguez a Batistuta lo controló mal este solo frente a Oscar Córdoba. Este fue un aviso de lo peligrosos que eran los argentinos sin les dábamos medio centímetro, pero también fue una isla en medio del océano de ineptitud futbolística de la albiceleste esa tarde.

Así que el PT fue avanzando y con él íbamos controlando el partido cada vez con más soltura. Ya a esas alturas, en particular el Pibe estaba majestuoso, imperial y manejando el ritmo del partido y nuestros ataques con la calma y sapiencia de un senséi, impasible ante las patadas de impotencia de los argentinos al por no poderle sacar la hp pelota. En contraste, lo único que mostraban los locales como argumentos de ataque eran las ganas, empujados por el rugido del monstruo de 50 mil cabezas en las tribunas, expectante y sediento de sangre colombiana. Pero no les servía de mucho, porque sus intentos se reducían a tirar el balón para arriba y esperar que apareciera una individualidad que hiciera la suya y les salvara la noche. Su problema fue que el único que estaba fino arriba era Batistuta – una culebra por lo venenoso y peleador -, pero ni su acompañante Medina Bello, ni los lanzadores Leo Rodríguez y Simeone, estaban pulidos. El balón lo agarraban los argentinos solo para ponerlo a rebotar en Perea y Alexis, o para perderlo con Leonel y Barrabás. Uno ve esta Eliminatoria y se le cae la imagen que tenía del Cholo Simeone como jugador: yo me acordaba que no era habilidoso pero sí muy práctico y todoterreno, pero lo que vi acá después de tantos años fue un picapiedra correlón que se la pasaba tirando ollazos a la bartola. Para rematar, el único de los argentinos con clase para manejar el partido era Redondo, pero – supongo que por indicación del Coco Basile -, estaba sumamente ocupado tratando inutilmente de neutralizar al Pibe.
Así que en realidad, el PT lo pasamos tranquilos. Y terminó mejor aún tras el 1-0 a los 41 minutos: le cae al Pibe en el medio un balón inocuo rechazado de cabeza por Borelli en la derecha – ¿qué hacía ahí? -. El Pibe transporta unos metros y, rodeado de cuatro argentinos que lo marcaron con la mirada, le mete cipote de pase venenoso y quirúrgico en diagonal a Freddy Eusebio Rincón que, previendo la jugada del Mono de la 10, se había mandado por la derecha como una locomotora. A punta de tranco largo y potencia, Freddy se deshizo de Altamirano, gambeteó a Goicochea y estampó el 1-0 que liberó a punta de grito desgarrado la angustia de los que veíamos el partido en Colombia, y que hizo que se sintiera como un agua pantanosa el murmullo latente de la tribuna. Entre otras cosas: gol muy parecido al que le hizo el mismo Rincón a los paraguayos en Asunción.

Los argentinos siguieron en la misma, afortunadamente para nosotros, y terminó el PT casi sin sustos: solo un medio apretón de * con un ollazo que Batistuta fue a cabecear y se llevó por delante a Oscar Córdoba. El entretiempo fue iniciado con una tormenta de silbidos para los locales, y ahí íbamos a ver de qué cuero estábamos hechos.
El Segundo Tiempo
Con el montón de años encima pasados y la visión relajada de uno hoy, resulta bastante difícil entender las decisiones que tomó el Coco Basile esa tarde. Probablemente planteó el partido pensando que a nosotros nos podían superar a punta de empuje y fuerza y no de fútbol, lo cual, siendo justos, no era para nada ilógico. Pero la cagada del Coco fue que después de que vió de frente como fue ese PT, no supo o no quiso ver que no le iba a funcionar esa estrategia, y que si en el ST no cambiaba lo que hizo en el PT, bueno, todo iba a seguir igual. No sé si por torpeza, o soberbia porteña, o por una mística autoinfundida, o sobradez o qué putas, para el ST el Coco salió exactamente a lo mismo. Claro que en la banca, y no sé si por la manera en que planteó el partido, no tenía muchas alternativas para manejar la pelotica: los suplentes argentinos aparte del arquero Islas y el defensa Sergio Vásquez, eran un volante de equilibro más que de armado – «Pepe» Basualdo – y dos delanteros netos: «Beto» Acosta y «El Turco» García. Total que para el ST el Coco siguió confiando ciegamente en lo que podían armarle Leo Rodríguez y Simeone, como si mágicamente se les fuera a subir el nivel futbolístico; pero fíjate que no. Con los años se dio uno cuenta que Leo Rodríguez hizo su carrera a punta del veranito soñado que tuvo en la Copa América de 1991, y no más. Y como dijimos arriba, Simeone de 10 solo tenía el número en la camiseta. Todo esto resultó en que en el inicio del ST, los argentinos llevaron la iniciativa, pero su juego seguía siendo lo mismo de pastoso y eschasclado que en el PT.

En ese Segundo Tiempo fue cuando, por primera vez en todas las Eliminatorias, apareció Faustino Asprilla. Es curioso que hoy recordemos al Tino como uno de los figurones de esas clasificatorias de 1993, cuando a la hora del té, en cinco partidos y medio de esas Eliminatorias, el Tino no hizo una verga: se la pasó pajeado, impreciso, apurado y decidiendo mal, muy diferente de la versión demoledora que le veíamos en el Parma. ¿Podemos decir que el Tino lo único que hizo en esa histórica clasificación fue el segundo tiempo del encuentro en Buenos Aires? Sí, pero qué doble hp segundo tiempo de crack mundial fue ese: volvió a ser la máquina ofensiva que molía a los defensas rivales a punta de tranco, potencia y gambeta, absurdamente letal, activo y por una vez, decidiendo bien y no engorilándose con el balón. Ya casi finalizando el PT, el tulueño avisó con su primer arranque peligroso del juego, en una jugada en que lo tuvo que foulear apuradamente Ruggeri. Y concretó rapidito en el ST para el 2-0: Freddy recibe en el medio, mira, calcula, y manda un centro-obús precisito que controla con mucha precisión el Tino, que domina, le parte la cintura a un monolítico Borelli, y cayéndose mete el 2-0 ante la salida apurada de Goycochea. Estupor por allá y locura por acá, y el murmullo en el Monumental que se hace más ominoso aún.
A partir del 2-0 a Argentina ya le valieron verga las inhibiciones y salió a la única bala que le quedaba: matar o terminar de morir. Y por un lapso de casi 20 minutos, la Albiceleste tuvo su mejor momento de la tarde-noche, o más bien, el único tramo del partido en que jugó bien y nos metió temor en el cuerpo. Incluso nos salvamos ante disparos de Medina Bello, Batistuta y el ingresado Beto Acosta, gracias a que apareció, cuando lo necesitábamos, un grandioso Oscar Córdoba, el figurón olvidado de esa noche, inmenso en los momentos en que se nos estaban quemando las tajadas.
La necesidad obligó a Basile a soltar a Redondo para que ayudara en la creación después del 2-0, y no fue casualidad que, preciso ahí, los locales estuvieron a estico no más del descuento. Ahí es donde uno ve lo mal planteado que estuvo el partido por parte del Coco; sí, no tenía en la banca alguien que generara fútbol, pero tampoco se ayudó con los cambios. A los 54´ sacó a Leo Rodríguez – de mal partido, pero al menos intentaba armar – y metió a Claudio «El Turco» García: volante por delantero, para jugarse a la desesperada. El movimiento en sí le funcionó de manera indirecta, por la libertad que tuvo Redondo para entrar, asociarse y tirar el balón con mucho más criterio que un atolondrado Simeone; particularmente El Turco no hizo un culo. Más que otro delantero a hacer bulto arriba, le hubiese caído como del cielo el tener otro volante creativo.

La preocupación de los argentinos a medida que pasaba el tiempo se hizo palpable a los 19 minutos del ST, cuando en la transmisión televisiva de allá – por Telefé – mencionaron por primera vez en la noche el Gol Diferencia de Paraguay vs el de ellos. En ese momento Argentina tenía 7 puntos y +1 de GD, y Paraguay se estaba enredando solito al ir empatando en Lima 1-1 – de hecho, iban perdiendo y acababan de empatar en ese instante -, con lo que llevaba 6 puntos y -1 de GD. Todavía en ese momento la incertidumbre venía por el lado de lo que pudiese pasar en el Estadio Nacional, porque para todo el mundo lo anómalo era que los paraguayos no estuvieran ya mínimo dos goles arriba sobre los horribles peruanos. Entre otras cosas, con un 3-1 a favor de Paraguay se igualaban en todo ellos con los argentinos: en puntos, en GD y en GF-GC. Viendo la cosa así, para los argentinos un empate contra nosotros ya era no una alternativa, sino un negociazo el hp, y si no, en el peor de los casos, al menos meter un gol de descuento para alejar un poquito los fantasmas que sobrevolaban el estadio de Lima.
Pero nada de eso pasó porque el Coco terminó de patear el tablero. pero para mandarlo al patio: a los 69´ metió al Beto Acosta por … Fernando Redondo (!). Y ahí se les acabó el partido, al sacar al único que les estaba arreglando el chico a punta de clase y practicidad, y quedaron dependiendo del bruto e inoperante Cholo Simeone para generar jugadas de gol. Por lo que los de casa se fueron de a poco diluyendo, volvieron al ollazo inútil, y terminaron de calmar las aguas para el lado nuestro. Más aún cuando a los 28 del ST, y tras cipote de jugada de Asprilla que volvió a desparramar, tocarle el culo y bailar a un horrible Borelli – al que ni siquiera se le ocurrió, o le atinó, a meterle un foul para pararlo -, mete un disparo-pase que saca Goycochea, el rebote lo toma Leonel y manda un centro para que Freddy Eusebio le pegara mordido, y mal, pero la encholara adentro. 3-0 y todos en Colombia nos abrazábamos y llorábamos de alivio y euforia y nos sentíamos ya ganadores y cómo te amamos, Freddy Eusebio eterno e inmortal y juro que me lagrimean los ojos al escribir esto.


Cuando cayó el 3-0 Paraguay seguía – increíblemente – empatando con Perú en Lima. Con estos marcadores, los argentinos seguían vivos, y rogando que los paraguayos no se acordaran de hacer goles en lo que quedaba de su partido. Porque si estos metían el 2-1, quedaban paraguayos y argentinos igualados en GD, pero por GF quedaban arriba estos últimos. Pero ni tiempo hubo de hacer cuentas porque enseguidita vino el cimbronazo: menos de dos minutos después del 3-0, y precisito cuando en la transmisión de Telefé Marcelo Araújo decía «… en este momento lo que hay que evitar es que Colombia haga otro gol y…«, el Tino le roba la pelota a Borelli – la nochecita que tuvo -, se va solo por su banda y entrando al área, le pega cipote de bañada a Goycochea. 4-0, y el mundo se caía de las sillas de la incredulidad, y nosotros en la casa nos mirábamos llorosos sin poderlo creer.
Ahí ya a los argentinos se les apareció el cartel de PELIGRO: con ese marcador, Paraguay no tenía siquiera que golear a los peruanos para clasificar al repechaje. Les alcanzaba un gol, que digo uno, medio golcito al menos, para dar el bombazo y eliminar a Argentina al superarlos por GD. Pero mira tú lo que es la vida, el fútbol, y la tragedia de ser paraguayo: justo en el momento en el que no se debían churretear, se hicieron así en las patas. La verdad da pesar verse a los paraguayos en ese partido todos azarados al enterarse del 4-0, irse para arriba con todo el agite y la angustia pintada en sus caras… y todo para encajar el segundo (!) a los 33 del ST, gol celebrado en las gradas del Monumental. Pero Paraguay volvió a empatar faltando 10 minutos, y otra vez el público en el Monumental sudaba frío, pendiente ya por radios de lo que ocurría en Lima, y ya valiéndoles verga el partido de los suyos porque, como estaba la cosa, podían perder 25-0 o 4-0, que era lo mismo si llegaba un gol paraguayo. Que no llegó, increíblemente, a pesar del desespero de los pobres paraguayos: pero el que sí cayó fue el 5-0 de nosotros, después de una lección de como controlar un partido a punta de manejo sobrio y sin firuletes: a los 39 del ST inicia la jugada el Pibe con pase en profundidad que agarra Asprilla, aguanta hasta la llegada del Tren que desde atrás, toca el balón más con la canilla que con el pie, y la emboca. 5-0, y así terminó todo en medio del estupor general.

El después
De lo que pasó con nosotros después ya se habló mucho. A los argentinos la verdad no les sirvió mucho la aterrizada, salvo para reflotar a un semirretirado Diego Maradona que por esos días ya era un aporte más moral que futbolístico. Duraron 28 años en volver a ganar algo, pero obvio que no fue por causa de nosotros, sino por el bajón futbolístico que ya venía evidenciando esa generación de Basile, y por posteriores churreteadas cuando tenían una nómina de primer nivel mundial. Ah, si hablamos de churreteadas. la de los paraguayos fue épica: dejaron escapar la oportunidad de clasificar a un Mundial eliminando a Argentina, por no poder ganarle a la peor selección de su grupo, una que había perdido todos sus partidos jugados hasta el momento.
No había terminado el partido y la gente en Colombia ya estaba pegada a la puerta esperando para salir a las calles, para iniciar lo que sería una celebración masiva y totalmente espontánea, que nunca se ha visto por este tierrero olvidado por la buenaventura. Las calles en Colombia se tiñeron de polvo blanco (la Maizena, malpensados) y de gente llorosa, eufórica, incrédula, que se abrazaba sin conocerse, cantaba el himno e improvisaba cánticos de pueril inocencia como «!!!unoo, dooos, treeees, cuatro…cincooooo!!!» (…). Ahora, no hay que ser un experto en psicología de masas para concluir que la explosión del pueblo no fue solo por el hecho de clasificar a un Mundial, sino de hacerlo por goleada + hacérsela a los argentinos + en su propia casa + (y sobre todas las cosas) después de haberlos visto hablar física mondá y ninguneándonos por una semana seguida. Al final, la boconeada que vino del sur no funcionó para apagarle el ánimo a nuestros jugadores, pero sí para generarle al aficionado medio colombiano una insaciable tirria, que aún pervive hasta hoy. O sea, no sirvió para un carajo, salvo para pegarnos a fuego esta fecha en la cabeza como el día más eufórico que vivimos por cuenta de una selección Colombia. Y en vista de lo que pasó unos meses después en Estados Unidos, y de cómo seguimos hoy, la verdad que hace años el 5-0 se nos volvió el reemplazo del 4-4 (que había sido brevemente reemplazado por el 1-1 vs Alemania): un hermoso partido que sirvió com sustituto de los trofeos que nunca ganamos.
Pero bueno, vale verga todo si al final nos concentramos en el recuerdo de lo bonitas que fueron esas Eliminatorias para nosotros como colombianos, de la fiesta que vivimos espontáneamente, de la gente llorando y los abrazos y el sentir por una puta vez que ser colombiano era algo sabroso. Y con eso me quedo.


Sabiendo la bola de nieve que se creó en ese partido, hubiera preferido haber perdido e ir al repechaje, con eso más callados a Usa 94 y tal vez unos cuartos de final o tercer puesto con todas esas figuras, lastima que quedó en Pasadena ese sueño.
Al tino después del partido con Argentina en barranquilla se había ido de la selección porque el no quería ser suplente de nadie y luego protocolizaron su salida, pero pues en el país de «luego de la gran hazaña viene la gran cagada», se arrepintió y le pidió a la mamá (bolillo) que lo volvieran a aceptar.
De esa Argentina, viéndolo bien y comparado al equipo que llevaron a Usa 94, nada que ver, Redondo y el Batí eran los únicos que tenían la suficiente clase que falta que le hacía un tipo como Caniggia, el mismo Diego o algún joven tipo Ortegita. Si bien eran un equipazo pero no me parece que tenían para ser campeones en el 94, creo que selecciones como Italia, Brasil o Alemania eran superiores. Lo de hablar paja se le quito a Simeone siendo técnico. Tiempo después vi todo lo que se le vino encima al pobre goycochea, sobre todo el San filippo y «Usted se comió todos los amagesssspibe».
Yo tengo la revista del gráfico tapa negra después del 5-0 y se nota el lobby tan asqueroso de llamar a Maradona.
Hermosa crónica, indispensable para entender el contexto de la época, repercusiones, y las no tan insospechadas consecuencias. Gracias por el relato maestro
Gracias compa.